Por qué no deberíamos "weaponize" la pederastia
Noam Chomsky es víctima de una falsa narrativa sobre Epstein, dice Michael Tracey

Analizar a Jeffrey Epstein es un campo de minas, pero para mí la prueba de hasta dónde la extrema derecha ha ido intoxicando nuestro pensamiento es que la izquierda ha centrado sus evaluaciones del caso en la pederastia. En lugar de dirigir la legítima indignación que se siente contra el machismo depredador y la misoginia de una red de hombres ricos y poderosos, todos utilizan la palabra P.
Desde Chris Hedges a Irene Montero, Jacobin a ctxt, los portavoces de la izquierda han decidido rematar la carga moral de sus comentarios sobre Epstein con la acusación de pedofilia. Esto tiene su lógica. A fin de cuentas, como escribe el periodista estadounidense Michael Tracey, “pedófilo” es la palabra más radiactiva de todas: y al oírla, el 99 % de la población desactiva instantáneamente lo que puede quedar de su capacidad crítica”.
Para la izquierda, ha sido una oportunidad irresisitble para devolver la pelota a la derecha delirante. A fin de cuentas, la palabra-P ayudó a la ex reina de MAGA, Marjorie Taylor Greene a saltar del anonimato a través del conspiranoico Pizzagate de QAnon, en el cual acusó al “progresismo globalista” de tejer redes internacionales de pederastia, con el fin de crear un gobierno mundial a la sombra para el beneficio de la izquierda pedófila.Con 30 millones de adeptos, Qanon “tuvo un éxito más allá de todas las expectativas, hasta tal punto que se ha convertido en un axioma para la derecha que los demócratas están matando y traficando sexualmente con niños”, afimró Will Sommer autor del libr The rise of Q anon.
Así mismo, la película Sonido de la libertad sobre el tráfico de niños jóvenes latinoamericanos - cuyo estreno se celebró en la Casa Blanca de Trump- jamás habría sido un éxito taquillero, entretenimiento imprescindible para millones de adeptos de la derecha evangélica, de no ser que sus blancos fueran los supuestos pederastas decadentes de la izquierda occidental. En la película se transformó un problema de abuso de mujeres en un problema de abuso de niños porque la derecha es antipederasta, pero no antimachista, según me explicó entonces en una entrevista sobre la película la doctora en estudios bíblicos estadounidense, Laura Robinson.
Cuando la bolsonarista ministra y pastora evangélica brasileña Damares Alves arremetió contra la pederastia con su grito: “¡Los niños de Dios no están en venta!”, el blanco era el Partido de los Trabajadores y la izquierda brasileña.
Así que con el caso Epstein, era lógico que la izquierda quisiera aprovechar el momento para devolver el golpe haciendo hincapié en la supuesta pederastia de la decadente élite capitalista y sionista implicada en el caso Epstein. Algunos comentaristas en redes sociales incluso siguieron a Tucker Carlson y Joe Rogan, los propagandistas del MAGA conspiratorial, que han vinculado a Epstein con el Pizzagate.
Pero Tracey —inconformista gruñón, al que yo leo para escaparme de las burbujas del pensamiento de grupo y las teorías de conspiración— advierte del peligro de weaponize la psicosis generada por las denuncias de pederastia. “Cualquiera que haya estado cerca de Epstein, por muy periféricamente que sea, queda tocado para siempre por esa perversa asociación”..
Uno de estos “tocados”, pese a estar en la extraperiferia de la red de Epstein, es Noam Chomsky. La decisión de muchos en la izquierda de borrar al gran intelectual de la historia se justifica en muchos casos por su supuesta proximidad a una red de pederastia. Vijay Prashad, colaborador de Chomsky en varios libros, lamenta que su ex amigo “¿consolara y aconsejara a un pedófilo por sus delitos?”. Hedges, también ha explicado su decisión de condenar a Chomsky por la justificación que el gran intelectual de la izquierda hizo del abuso contra menores.
“Es pura histeria al estilo de los juicios de brujas de Salem ” escribe Tracey. Chomsky “tiene 97 años, sufrió un derrame cerebral hace unos años y ni siquiera puede defenderse, pero lo están difamando como una especie de depravado facilitador de la pedofilia”.
Lo más problemático de esta reacción al escándalo es que, aunque Epstein era un monstruo, no hay muchos indicios fehacientes de que fuera un “monstruo pederasta”, según explica Tracey en una investigación sobre el caso Epstein que es escéptico respecto a las motivaciones de las víctimas y sobre todo el testigo principal Virginia Roberts Giuffre, a la que califica -con bastante fundamento— como “una fabulista en serie”.
Un auténtico abogado del diablo, Tracey ha sido tildado de apologista de la pederastia a sueldo del sionismo plutócrata. “¿Te está pagando alguien poderoso para atacar a las víctimas de delitos sexuales?”, le preguntó el otro día en una tertulia con Piers Morgan la influyente periodista Tara Palmeri, que ha colaborado periodísticamente con Giuffre.
Es comprensible la animadversión respecto a Tracey. ¿ A quién se le ocurriría denunciar una caza de brujas macartista cuando se trata de un caso tan claro de abuso como el de Epstein? Por si fuera poco, Tracey da la razón al abogado de Epstein, Alan Dershowitz, defensor del genocidio en Gaza, que ganó un juicio contra Giuffre tras ser acusado de mantener relaciones sexuales con ella. Palmeri parece tener toda la razón del mundo al cuestionar la motivación de Tracey.
Pero he de confesar que, tras leer sus investigaciones de desmitificación de bulos, desde Russiagate al “pacifismo” de Donald Trump, mi impresión es que la aportación de Tracey al análisis del caso Epstein hay que tenerla muy en cuenta. Y su respuesta a Pameri (que ha sido remunerada por grupos como ABC, CNN, Sony) de que “mi principal fuente de financiación es Substack”, me resulta creíble.
“Cuestionar el testimonio de Giuffre no significa exonerar a Jeffrey Epstein. Pero es responsabilidad de los periodistas examinar las pruebas de forma forense, aunque los resultados puedan ser impopulares”, escribe en Unherd
Volviendo al asunto principal, si definimos la pederastia como una patológica atracción sexual hacia los niños preadolescentes, la red de abusos sexuales que encabezaba el multimillonario, propietario de una isla caribeña, y posible agente del servicio de inteligencia israeli, Mossad, no era pederasta
El blanco de Epstein, al igual que el de sus cómplices, eran mujeres. Epstein y sus cómplices no eran pedófilos, sino hombres depredadores dispuestos a pagar por tener relaciones sexuales a cambio de dinero con mujeres. Jóvenes mujeres, sin lugar a duda. Pero como dice Tracey: “He estudiado con lupa los gustos sexuales de Epstein ; y no se trataba de niño/as”.
La única menor de edad que visitó a Epstein en Palm Beach, según la investigación judicial antes del primer encarcelamiento de éste, tenía 17 años y había mentido sobre su edad. Se ha citado un correo que se refiere a una “nueva brasileña que acaba de llegar de =9 años”. Pero todo indica que esto es una errata tipográfica.
Dicho todo esto, en su batalla contra el pánico moral que se asoma en la narrativa mediática sobre la red Epstein, creo que Tracey minimiza la malicia de una red de hombres poderosos y depredadores. Aunque las mujeres a las que abusaban eran mayores de edad y, generalmente, participantes voluntarias aunque engañadas, el delito de quienes acudían a la isla de Epstein es flagrante.
Pero cuando se trata de individuos como Chomsky, que solo puede ser criticado por mantener una amistad con un encantador de serpientes como Epstein y contratar sus servicios de consultoría para un caso de herencias para sus dos hijos, yo coincido con Tracey: la cancelación del gran líder del pensamiento de la izquierda, recuerda a una caza de brujas en una obra de Arthur Miller
Lo dice Justin Brown en Znet , “Si dejamos de lado la carga emocional del nombre “Epstein”, lo que queda es un académico anciano que mantuvo una amistad con alguien que resultó ser un depredador. Eso es todo. Eso es todo lo que hay.” Pero cuando se enmarca todo en una historia satánica de pederastas, ¿quién se atreve a defender a Noam Chomsky?


